LOS OTROS
Se aproximaba la festividad de Todos los Santos, y yo, depositaria de la ancestral tradición de honrar a los muertos, me disponía a limpiar la nichera familiar, seis nichos, tres por fila, en donde estaban sepultados los restos de mis antepasados. La nichera estaba, aún sigue estando, en una de las calles más antiguas del cementerio. La tarde declinaba, desapacible y fría de un octubre trastocado en diciembre. El cielo, encapotado y gris, presagiaba lluvia. Los viej...os pinos, alineados a lo largo de la calle, ululaban sacudidos por el viento y pensé que había sido mala idea subir al cementerio. Y además, como diría mamá, que en paz descanse, sola. A mamá, nunca le gustó que yo saliera de casa. Y mucho menos, sin alguien que me acompañara. Pero la responsabilidad era mi seña de identidad y el mal tiempo no iba a desbaratar mis planes. Me daría prisa y asunto resuelto. Ya solo me quedaba por limpiar la reja y el suelo de la nichera, un pequeño cuadrado de baldosas que con dos fregonazos, sería suficiente para dejarlo como los chorros del oro. Limpié la reja y me agaché para fregar el suelo, cuando, de súbito, oí un ruido de pasos que se acercaban. Eran unos pasos tenues, blandos, quejumbrosos. Unos pasos que, a pesar del viento, pude oír con claridad meridiana. Me incorporé de un salto y miré con aprensión arriba y abajo de la calle. Allí no había nadie y pensé que el viento me había jugado una mala pasada, pues la calle, repleta de antiguas nicheras, seguía estando desierta. Proseguí con mi tarea, jurando para mis adentros que aquella sería la última vez que yo subía sola al cementerio. Recogí las bayetas y los productos que había empleado en la limpieza, los metí en el cubo y, más que andar, corrí como alma que lleva el diablo hasta doblar la esquina del patio de la Santa Cruz. Frente a mí, se alzaba la gran reja de acceso al cementerio y cuando estaba a punto de traspasarla, oí que alguien gritaba. Un grito sordo, helado, y que sin embargo, tronó por encima del viento hasta hacerse oír. Me volví contrariada y vi a un matrimonio de ancianos. Ella estaba abriendo la tapa del contenedor de basura y dejaba caer en su interior un ramo de flores sucias y descoloridas. El hombre hacía aspavientos con sus manos y me señalaba con su dedo tembloroso. Tenía la cara muy pálida, los ojos desencajados y llamaba a grititos a la mujer. Pensé que estaría enfermo, o loco, pues cuando la mujer cerró la tapa del contenedor y se apresuró a acercarse a él, pude escuchar que el hombre, con un hilillo de voz, le susurraba: el cubo, María, ¿no lo ves? Mira, allí, junto a la puerta, ¿será posible? Pe…pero, ¿quién sostiene el cubo, María? ¿Me lo puedes explicar? Pe…pero… ¿cuando has visto tú un cubo que ande solo…?
Trini Pestaña Yáñez.
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