Corrían los años treinta del siglo veinte, cuando en un cortijo, situado cerca de la Fuente del Caño, vivía una familia formada por un matrimonio y sus dos hijos, Antonio, el mayor y Lola, la pequeña.
Era una familia que vivía feliz hasta que, al comienzo de la guerra civil, padre e hijo fueron reclutados para luchar en la contienda
La madre, llamada María, sufría por la ausencia de su marido y de su hijo y su único consuelo era contemplar un retrato de familia que tenían colgado de la pared.
Cuando terminó la guerra, María vio volver a su marido y esperaba ansiosa la llegada de su hijo, cuando recibió una carta oficial donde le comunicaban la muerte del muchacho en combate.
Tanto fue el sufrimiento de María con tan cruel noticia que, poco a poco, fue siendo presa de la locura. No podía quitar los ojos del retrato desde donde su hijo aún la miraba. Dicen que, de tanto mirarla, la figura del muchacho se hizo cada vez más nítida y grande, mientras que, la de la madre, se fue emborronando hasta desaparecer, igual que si le hubieran recortado del retrato.
En su delirio, María llegó a creer que su hijo había perdido el camino de regreso y por las noches, encendía una lamparita de carburo y la colgaba en el portón de la entrada, para que el muchacho tuviera luz, viera la senda y así poder regresar. Siempre, al dejar colgada la lamparita, María pedía ayuda a las ánimas del purgatorio para que velaran por su hijo y guiaran sus pasos hacia ella.
Las gentes de los alrededores sentían miedo al pasar por allí de noche, pues decían que la llama de luz estaba embrujada, ya que no se apagaba nunca, ni siquiera en las frías noches de invierno, cuando la fuerte lluvia y el viento huracanado azotaban aquellos lugares.
Así fueron pasando los años, entre el sufrimiento y la esperanza y, ya en su lecho de muerte, María encargó a su hija que siguiera colocando la luz todas las noches en el portón del cortijo. La muchacha, para que su madre se fuera tranquila de este mundo, le prometió que lo haría pero, como lo consideraba fruto de su locura, no tenía intención de cumplir su promesa.
Había anochecido, al día siguiente, cuando padre e hija volvían del cementerio de dar sepultura a María. El sol se había ocultado y sus dorados rayos ya no podían dar luz al cortijo. Pero el portón estaba iluminado. La lamparita de carburo estaba en su sitio, donde todas las noches la colgaba María. Creyendo que la había puesto alguien para asustarlos, la llevaron dentro, pero al volver a salir, se dieron cuenta de que el sitio seguía iluminado. Una extraña luz, de la que nadie podía ver su procedencia, lo iluminaba.
Por más que buscaron, no pudieron encontrar nunca la razón de la luz que cada anochecer aparecía y, asustados, acabaron por abandonar la casa.
Aún hoy, tened cuidado si pasáis por allí después del anochecer, pues hay quien cuenta que las pocas piedras que aún quedan de las ruinas del cortijo, irradian una extraña luz y que en la madrugada del dos de noviembre, cuando las ánimas del purgatorio vagan con sus luces, se puede ver una figura de mujer, que parece recortada de un retrato, con una lamparita de carburo, oteando el camino, como fiel testigo del amor de una madre, al que ni la muerte pudo poner fin.
Natividad Fuentes
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